liliputienses

 

 

Un mal día


2010. watercolor, ink, gouache and graphite on paper. 13 x 18 cm

 

“Lola estaba enfadada, odiaba ese estúpido lazo, con el parecía un regalo de cumpleaños… Quizás pegándole un chicle no tendría que volver a ponérselo… Por culpa de él aquella señora con voz de pito la estaba hablando como si fuera una niña…”

 

 

Sonámbula


2010. watercolor, ink, gouache and graphite on paper. 13 x 18 cm.

 

“Todas las mañanas al despertar, Inés deambulaba por la casa durante más de una hora, casi con los ojos cerrados. No importaba si había dormido mucho o poco, si el sonido de ocho despertadores había interrumpido su sueño, o si el dulce sol la despertó acariciando su mejilla…

Era un estado de sonambulismo diurno que no podía corregir y que únicamente causaba inconvenientes. Todas y cada una de las mañanas tenía que calentar el té más de una vez, a ella le gustaba muy caliente y con tanto vagabundeo, sin rumbo definido, cada vez que volvía a coger la taza, el vapor del té ya se había desvanecido.

Como si se tratase de algo inevitable, todas las mañanas un mínimo de dos tostadas ennegrecidas terminaban en el cubo de la basura. También solía mancharse el pijama al desayunar y más de una vez perdió la pasta de dientes de su cepillo y no consiguió encontrarla hasta la noche al volver a casa.

Todo estaba estrechamente ligado a la fama tan merecida que se había ganado: Allí donde fuese, se la conocía por el hecho de llegar siempre tarde”

 

 

Las vacaciones de Carol


2010. watercolor, ink, gouache and graphite on paper. 13 x 18 cm.

 

“Era su último día en Lisboa… Miró hacia el sol y absorbió toda su energía, respiró hondo, la brisa del mar la mecía levemente, el bullicio impersonal hablaba de cortes de digestión, de fútbol y sardinas, una señora arropaba a su hijo con una toalla mientras buscaba la crema de protección solar en un bolso lleno de cosas. Carolina, muy lejos de todo eso, levitaba sobre la arena. Se despidió del sol, del agua, de los peces y de los barcos. El próximo día estaría muy lejos de todo esto, vestiría abrigo, mangas largas, medias y calzado de invierno. Había estado bien…”

 

 

Bruno el buzo


2010. watercolor, ink, gouache and graphite on paper. 13 x 18 cm.

 

 

“Había estado bajo el agua varias horas, tenía las llemas de los dedos arrugados y los labios algo morados y pese a la regañina de su mamá no podía disimular su emoción. Durante su inmersión había vivido todo tipo de aventuras.

Nada más sumergirse en el agua fue apresado por los tentáculos de un pulpo gigante del que escapó gracias a sus superpoderes.

Seguidamente y pese a sus intentos por escapar, fue tragado por una ballena de 26 metros de largo. Al llegar a su estómago encontró, con gran asombro, a un viejo pirata que había sido engullido por el gigante mamífero muchísimos años atrás, se llamaba “Luca el Bicho” y era muy anciano. Aunque estaba muy arrugado y tenía una pequeña estatura, aún conservaba algunos rasgos del gran pirata que había sido. Tenía unos brazos muy fuertes llenos de tatuajes: sirenas, olas, barcos, monstruos, caracolas, peces y una hermosa mujer de grandes senos coloreaban su piel con tintas de colores. “Luca el Bicho” vestía una vieja camisa de rayas azules y blancas con muchos agujeros que dejaban ver retales de más historias de tinta, aparentemente dibujadas por todo el cuerpo. El anciano pirata tenía la voz grave y algo afónica, se movía con lentitud y su pulso no era muy firme.

La primera impresión que Bruno tuvo al entrar fue que “Luca el Bicho” tenía el estómago de la ballena realmente bien decorado, era un espacio muy acogedor. De la campanilla de la ballena colgaba una ruinosa cortina que protegía el espacio de las corrientes del exterior. Una lampara de aceite, de cálida luz, colgaba justo en el centro y bajo esta había una mesa llena de mapas, brújulas, cartas de navegación, jarras de cerveza ya utilizadas, botellas de ron y platos con restos de comida. Al fondo, en un espacio algo mas pequeño había un antiguo camastro con cabecero de oro y junto a él un precioso cofre decorado con diamantes y piedras preciosas. Sobre una destartalada mecedora Bruno había distinguido lo que parecía la bandera pirata del barco de “Luca el Bicho”, estaba polvorienta y rasgada.

El amable pirata le había invitado a cenar así que Bruno, como se había saltado la merienda, no pudo negarse, aunque la comida fuese pescado. Había sido una cena maravillosa e inolvidable. Su nuevo amigo le había contado infinitas historias de barcos, islas desiertas, sirenas, monstruos marinos, tesoros y pájaros gigantes que ayudaban a los barcos en apuros tras las tempestades. Le explicó que todos y cada uno de los tatuajes fueron hechos con predeterminación y con un sentido concreto, cada uno representaba una de sus aventuras y las tatuó en su cuerpo para nunca olvidar lo aprendido tras cada experiencia.

También le contó porqué vivía allí;  por lo visto, tras una gran tormenta su barco pirata naufragó, la tripulación calló al agua y se sumergió junto con la embarcación, quedándose para siempre durmiendo entre los peces; todos menos él, que fue engullido por la ballena. Los primeros meses había estado muy triste y no paró de llorar. Ya nada tenía sentido, lo había perdido todo, su barco, su loro, la tripulación, … , solo le quedaban las pocas cosas que la ballena tragó junto a él; y aunque entre estas cosas estaba el tesoro robado en su último asalto, no conseguía parar de llorar. Echaba de menos las borracheras con sus hombres, en las que bromeaban haciéndose perrerías unos a otros.

Un día escuchó una voz como si proviniese de una tubería, era la propia ballena que había aprendido a hablar tras tanto tiempo escuchando sus lamentaciones. Desde ese mismo momento se hicieron muy amigos. El entonces joven pirata se había dado cuenta de que “Gris”, que era como se llamaba la ballena, también se sentía muy sola y perdida, con el tiempo descubrió que unos cazadores de ballenas mataron a toda su familia delante de sus propios ojos.  Según le contó “Luca el Bicho” a Bruno, la ballena y él se hacían compañía el uno al otro, ambos dejaron de sentirse solos; se contaban historias, hablaban de sus preocupaciones y de cosas que les hacían reír. “Gris” conseguía la comida tragando con su gran boca, incluso a veces capturaba objetos que encontraba en el fondo marino y podían servir a su amigo el pirata para decorar su nueva casa.

“Luca el Bicho” le estaba muy agradecido a “Gris” por haberle salvado la vida,  por haberle ofrecido su propio cuerpo para habitar en él y sobre todo por brindarle su amistad, comprensión, compañía y cuidados. Le encantaba vivir dentro de una ballena ya que estaba lleno de ventajas:  Le era muy fácil dormir allí, las corrientes del océano y los suaves movimientos de su amiga le mecían tan suavemente, que le parecía estar en la cuna de cuando era un bebé. También le encantaba cantar en la hora del baño, podía hacer él mismo sus propios coros, gracias al eco sus canciones resonaban como cuando su tripulación le coreaba en el barco. Y si quería tomar el sol solo tenía que esperar a que su amiga la ballena saliese a la superficie para respirar, entonces se colocaba justo en la salida del chorro y cuando “Gris” exhalaba, el salía proyectado por los aires; permaneciendo sobre el lomo de su amiga hasta que el calor le parecía insoportable, entonces “Gris” volvía a tragarlo, así regresaba a casa fresquito y moreno.

Con tantas historias que el pirata le estaba contando, Bruno había olvidado que tenía que regresar a la playa, para que su mamá le untase la odiosa y pastosa crema de protección solar, y tenía que hacerlo lo antes posible por que, si no se daba prisa, sabía que se iba a enfadar, si no lo estaba ya. El problema era que no sabía donde estaba y tampoco tenía ni idea de como salir de allí.

Fue entonces cuando “Luca el Bicho” pidió el favor a la ballena para que se aproximase a la costa, justo al lugar donde había engullido al pobre niño, entonces aprovechó para regañarla por esos impulsos que le daban de tragar de todo, a veces sin mirar. El viejo Luca le explicó a Bruno que un día despertó y tenía en el salón un viejo coche oxidado, ¿qué podía hacer él con semejante objeto inútil? y ¿quién sería el guarro que había tirado la basura al mar? Después de desahogarse con Bruno y un poco más relajado, le propuso salir a la superficie por el chorro de la respiración de “Gris”, no sin antes advertirle de lo divertido que iba a ser. Una vez en el exterior, encontraría una barca de papel que el pirata había construido en los primeros meses de su estancia en el estómago de la ballena y que ya no tenía pensado utilizar.

Se despidieron con un gran apretón de manos y un fuerte abrazo, y así fue, Bruno salió proyectado por el orificio de respiración de “Gris” y tras él un barco de papel con dibujos de planos y anotaciones sobre las mareas. Se montó en el barco y acarició el suave lomo de la ballena que con lágrimas en los ojos y una marcada sonrisa, le hizo un guiño, le dijo adiós con la cola y se alejó. Justo al mirar al agua vio como un gran banco de peces movía su embarcación en dirección a la costa. Muy contento, en el horizonte vió la sombrilla de su familia y se tiró al agua, los peces le hicieron cosquillas y se perdieron entre las olas.

Su padre estaba dormido en su silla bajo la sombrilla y su madre, con cara de preocupación, miraba hacia el mar con la mano a modo de visera para proteger los ojos del sol. La cara de aprensión cambió sistemáticamente a enfado al ver aparecer al pequeño Bruno entre las olas, con los labios morados y tiritando. Se dirigió a el, le dió un tirón de orejas y le dijo: <<hoy no cenas>>. Bruno pensó: <<ya no tengo hambre>>…”

 

 

 

 

 

 

 

Un pensamiento en “liliputienses

  1. Eres tan talentosa que amo haberte conocido, se que siempre seras de mis personas favoritas y que mas admiro! te quiero mucho

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